martes, 6 de noviembre de 2012

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Memorias de J.M.J.



La novedad de la iglesia del barrio, allá en el recién pasado mes de agosto, tiene algo que recuerda el agosto del año pasado, cuando no sólo Las Tablas sino la Comunidad de Madrid entera acogió a los jóvenes católicos de todo el mundo.

Fotografías: (CC) Some rights reserved - Eric B. Stevenson González
Licencia Creative Commons CC-BY-NC-ND

La Jornada Mundial de la Juventud, a pesar de su nombre, duró algo más que un día. En realidad se prolongó durante una semana entera, exceptuando a los motivados que habían llegado pronto y a los incansables que se resistían a marcharse. Durante ese tiempo se extendieron por toda la Comunidad, alojándose en casi cada localidad y asegurándose de conocer cada vía de transporte público. En la estación de metro Las Tablas se registraron las cifras de tráfico después de las 12 de la noche más altas de su historia. Debo señalar que no he confirmado este dato por ninguna fuente oficial, sencillamente por falta de necesidad: bastaba con la experiencia de abrir paso entre las impenetrables masas de sudorosos adolescentes franceses en el auge de la pubertad mientras éstos pegaban botes, cantando al son de una guitarra que sonaba por un amplificador portátil.

 Un juego favorito: torear al tren de metro. A veces el conductor paraba en medio andén para echarles broncas.

 En el otro andén, el padre Cool saluda a sus fans.

Sobra decir de las personas que se dedican a mendigar en el metro que si no lo pasaron fatal, entonces debieron de ver sus negocios expandirse de forma vertiginosa. Pero ellos no eran los únicos que vieron sus vidas cotidianas barridas por un tsunami de alegría malcriada: desde un primer momento se hizo patente que los organizadores habían fallado en el momento de explicarles que Madrid, lejos de ser un parque temático, era una ciudad donde vivía millones personas cuyos planes para esa semana no guardaban relación alguna con J.M.J.

Al final, no era gran molestia cuando topabas con jóvenes en el ascensor que no tenían conocimiento de esta especie de mundo exterior, pero el caso era que el evento en sí no era del agrado de una buena parte de su población. Como es de esperar, fue en gran medida por motivos de ese sempiterno azote para la apatía: el dinero. Pues bien, estas personas decidieron organizarse para manifestar sus motivos de desagrado, lo cual implicaba contacto entre grandes multitudes de personas con ideas opuestas. Aunque LTSM todavía estaba en fase de formación, decidí aprovechar el momento para documentarlo y más tarde disponer de un buen tema de reportaje.

 En un lado del frente, uno de JMJ levanta los dos puños para crear un nuevo saludo reivindicativo.

 En el otro lado, algunos parecían sinceramente sorprendidos de que los católicos defendieran al Papa.

 Encaramados sobre la fuente, algunos de JMJ aún sonríen mientras contemplan la manifestación en contra de sus ansiadas vacaciones.

 Unos cuantos que pasaban por la Puerta del Sol, evidentemente no habían contado con esto.

Al llegar a la Puerta del Sol era evidente que las masas, aunque no eran numerosas todavía, ya se conocían desde hacía rato. Con el objetivo de observar a opiniones y emociones en su momento de máxima expresión, me adentré en la muchedumbre y me encaminé hacia el frente. Supe que había llegado cuando, perdido entre cámaras de televisiones que me empujaban y policías nacionales que procuraba no tocar, pude oír BE-NE-DIC-TO a la izquierda con la misma claridad que PE-DE-RAS-TA a la derecha.

Estar en el frente no decepcionó: era fácil divertirse comparando las distintas filosofías de expresión empleadas por los dos grupos. Los participantes de J.M.J. formaban un bloque más uniforme y sencillo: coreaban el nombre del Papa, agitaban las banderas de sus países respectivos, levantaban las manos y rezaban en voz alta, pero poco más. Al otro lado del frente, los que habían venido para declarar su oposición al evento resultaron ser de temperamentos más variopintos. Había unos estoicos que llevaban pancartas en silencio. Otros se mostraban altamente excitables, como un joven que encontré desgañitándose con más fervor y emoción de lo recomendable para la salud humana. Cuando un compañero suyo quiso calmarlo le explicó incrédulo y todavía muy alterado «le estaba diciendo que Ratzinger era un nazi, ¡y me lo negaba!»

Otros optaron por aportar un toque de alegría y humor, llenando condones con aire y soltándolos como globos sobre la multitud. Entre detractores y defensores había un poco de todo: jóvenes, abuelos, perroflautas, payasos, tu vecino Pepe y algún que otro hippy en prejubilación. Al final, si había que decidir en alguna cosa que destacara de cada grupo, los de J.M.J. sin duda eran los más educados. Ante un diluvio de improperios (sin entrar en los porqués) seguían imperturbables hasta el aburrimiento. Los opositores, a pesar de algunos que en momentos se olvidaban de su cortesía innata, se mostraron mucho más creativos con sus pancartas, disfraces y sobre todo con las frases que coreaban.

 Un poco de variedad, para no aburrir.

 Un mensaje simple, claro y perdido entre el tumulto.

 ¿Quién puede adivinar dónde y cuándo se hizo esta foto? No vale leer la pancarta debajo del chico.

 En esta ilusión óptica, un preservativo lleno de aire parece acercarse peligrosamente a la estatua de Carlos III.

Pasados unos 20 minutos, los policías se cansaron del cachondeo y decidieron separar los dos grupos, provocando de los opositores la mejor frase de la jornada: «¡somos ateos; no queremos hostias!». Ahora habían creado una amplia tierra de nadie, efectivamente terminando lo más divertido de la manifestación. La semana de J.M.J., sin embargo, seguía su curso.

Unas noches después volví al centro para pasear y contemplar el espectáculo. Mientras pasaba frente a la Iglesia de San Ildefonso, un chaval de unos 15 años con aspecto de alemán me ofreció un trozo de papel con un pasaje de la Biblia y me invitó, en inglés, a entrar en el templo para conocer a Jesucristo. Aceptando el papelito, le agradecí la invitación y me metí en un bar cercano.

Allí acabé hablando con otro joven que aparentaba unos veinte años y era de nacionalidad francesa. Él chapurreaba algo de español y a pesar de mis graves deficiencias en la lengua internacional de la cultura y el amor, conseguimos entablar una conversación interesante. Lo que creí entender era que había venido a Madrid para asistir a una boda o bautismo, pero entonces se enteró del inminente estallido de J.M.J. y decidió quedarse un tiempo más, con la intención de unirse a la manifestación para ser contado como un católico que se opone a las políticas del Vaticano.

 De camino a casa, tuve el privilegio de compartir el vagón del metro con este pintoresco individuo.

 Tres que se dieron cuenta de que, con la excepción de Batman, sólo el Papa puede presumir de tener su propio «yo-móvil».

 Una chica en atuendo internacional se atreve a preguntar a dos señoras cuál era el motivo de la manifestación.

Cuando conseguí hacerle entender que había visitado la manifestación durante sus primeras horas, procedió a reseñar, en frases rotas apuntaladas con gestos, sus memorias de las cargas policiales que se produjeron más tarde aquella noche. Lo que me explicó iba más o menos así: a eso de las diez, manifestantes y policías se contemplaban unos a otros, todavía en paz, en la parte de la plaza cercana al KFC. Entonces, a alguien le dio por tirar botellas de plástico a los policías y nuestro amigo francés decidió intervenir, espetándole que «¡no está bien!». Fue momentos después y como si de una respuesta se tratase cuando una furgoneta se acercó despacio y de repente salieron de detrás del vehículo unos agentes esgrimiendo porras y apaleando a todo lo que fuera capaz de tirar una botella. Llegado a este punto en la historia, y sin que le hubiera pedido pruebas fidedignas, levantó su camisa de J.M.J. para enseñarme los moratones.

 Un perroflauta, una abuela (tal vez la suya) y un manifestante disfrazado de guiri después de que
los policías separasen a los manifestantes.

 Este individuo, el mismo del billete de metro, fue ganador el premio LTSM 2011 para
«mejor civismo en situaciones poco propicias».

No sé si al final este chico llegó a ser contado como un joven católico en desacuerdo con el Vaticano. Al menos podemos contarlo aquí, pues tampoco sabemos quién –si alguien– estaba tomando nota de ese tipo de cosa.

No teníamos LTSM el año pasado, pero mejor tarde que nunca.

 De noche, seguían todos de turismo en la calle.

 Algunos incluso entraban en los bares.

 Otros se reunían alrededor de mesas de conocidas cadenas multimunicipales.

 Felipe III nunca sintió tanta envidia.


Safe Creative #1209112323666   —Eric B. Stevenson González 


Fotografías: (CC) Some rights reserved - Eric B. Stevenson González
Licencia Creative Commons CC-BY-NC-ND

jueves, 30 de agosto de 2012

Actualización sobre la iglesia de Las Tablas


ACTUALIZACIÓN DE LA ANTERIOR NOTICIA:

Por fin hemos logrado coincidir con un grupo de obreros capaces de relevarnos algo relevante a las tres plantas de habitaciones con balcón corredor en la parte posterior de la nueva iglesia de Las Tablas (véase artículo anterior).

Nos han asegurado que las habitaciones, que tanta curiosidad nos ha provocado acerca de su propósito, son las futuras viviendas de los curas.

Cuando fueron preguntados si no les parecía mucho espacio para dicho fin, uno respondió «es la casa del Señor», así zanjando el asunto de forma conclusiva.

Entonces soltaron algunas risas, que continuaban hasta pasados unos cuantos minutos mientras nos alejábamos. Ya que eran las diez de la mañana, dedujimos que tanta alegría probablemente se debía a la cercanía a la hora de la copita de hierbas, por lo que no lo estimamos necesario realizar más preguntas.

Safe Creative #1208302192136

viernes, 24 de agosto de 2012

Próxima apertura de la Santa Basílica de Las Tablas



La nueva parroquia en Las Tablas, con follaje frondoso del descampado
contiguo y en comparación con un ejemplo de la arquitectura tableña tradicional.
  Como la mayoría de los tableños ya saben, la nueva Basílica de Las Tablas, ubicada en la esquina de la calle Camino de Santiago con Viloria de Rioja, ya está en las últimas fases de construcción.

Estado de la obra, el pasado invierno.
La Basílica (que oficialmente se denomina «centro parroquial» en un loable ejercicio de humildad) destaca por su campanario alto y cuadrado, su fachada de cristal color agua de la piscina, y sobre todo por el contraste radical que presenta con la tradicional arquitectura tableña que la rodea.

Uno de los aspectos más interesantes de la obra, aparte de su mera existencia, se encuentra en la parte posterior del templo, donde se ven tres plantas de habitaciones o salas con puertas y ventanas que dan al exterior, todos compartiendo en cada planta un balcón corredor común.

Estado de la obra, 22 de agosto del 2012.
Cuando nos acercamos a la obra para indagar acerca de su función, todos los obreros se habían recluido dentro del edificio para jugar con una sierra automática. No obstante este contratiempo, aún disponemos de la lógica especulativa y las búsquedas en Internet para informarnos hasta que consigamos coincidir con una fuente tanto fidedigna como humana.

Empezando con Internet, en la página web de la parroquia (www.archimadrid.es/lastablas) se encuentra escasa información referente a la construcción. Informa con brevedad que la obra comenzó en mayo del año pasado, con término previsto para finales de julio del presente. También asegura que la consagración y todo está programada para el 5 de octubre, fecha que por pura casualidad que coincide con el descubrimiento del asteroide 9007 James Bond por el astrónomo checo Antonín Mrkos (1983), y con los nacimientos del Rey Pedro IV de Aragón (1319) y de la presentadora española Patricia Conde (1979). (fuente: wikipedia, ¿qué esperabas? http://es.wikipedia.org/wiki/5_de_octubre)

La parte trasera de la iglesia, destinado a usos
que hasta el momento sólo podemos especular.
Si bien es falta de especificaciones técnicas, la web no falla a la hora de disponer de información biográfica relevante: al lector proporciona resúmenes sobre las vidas y muertes de los santos patronos, Santa María Soledad Torres Acosta y San Pedro Poveda. Haciendo clic en otra pestaña, uno puede repasar las breves biografías de los curas de la parroquia, que se cuidan de mencionar para cada uno sus gustos y aversiones alimentarios.

En el momento de recurrir a la lógica especulativa, hemos teorizado que las habitaciones podían servir como salas para actividades y reuniones, vivienda temporal para personas en rehabilitación de drogadicción, mazmorras modernas con acceso a la luz del día, etc. Más tarde, reflexionando sobre las varias realidades del mundo de hoy y sin dejar de tener en cuenta su irrefutable parecido con los consabidos hoteles de carretera de las películas norteamericanas, dimos de bruces con una posibilidad que estimamos no del todo descabellada: un hotel-iglesia.

Vista de un motel de carretera, para apoyar la
teoría de «hotel-iglesia».
En estos tiempos de austeridad y privatización virulenta, no carece de lógica que una parroquia decidiera alquilar unas habitaciones para cubrir gastos. Efectivamente, es una práctica empleada en casas familiares desde tiempos remotos, por no hablar de monasterios o conventos. Incluso podrían justificar precios más elevados si ofrecieran alojamiento de calidad con vistas a la urbanización de enfrente mientras que justo abajo tienen fácil acceso a misa diaria, un centro de fisioterapia, otro de belleza y bronceados, un restaurante de sushi, otro de comida asiática genérica, más una multitud de bares y terrazas donde podrían incluso encontrarse con los mismísimos curas mientras explican al vecindario sus preferencias culinarias.
           
Desde luego, todo esto es pura especulación, y una cosa que todos hemos aprendido en los últimos años es que la especulación es mala.

Muy pronto conseguiremos que un buen albañil nos descubra el secreto de la Parroquia-Motel Tablas, que publicaremos aquí en LTSM.

Safe Creative #1208242165429 —Eric B. Stevenson González
Fotografías: (CC) Some rights reserved - Eric B. Stevenson González
Licencia Creative Commons CC-BY-NC-ND

viernes, 29 de junio de 2012

La verdad sobre el futuro y la verbena tableña

Quisiésemos poner fin a este largo periodo de silencio, aprovechando una siniestra patraña que ayer estuvo difundiéndose por las redes sociales:


Esta misma estafa aplastó su cara grasienta contra nuestras pantallas hace ya dos años, en el 2010, que por casualidad (o no) también fue un verano en que el fútbol nacional tenía una cita con el destino.

Sin embargo, hace 23 años quería saber cuantos años tendría yo cuando el jovencito McFly viajara al futuro, y al ver las imágenes falsificadas del indicador temporal del DeLorean me he dado cuenta de que todavía me faltan unos cuantos. Tras un poco de nostálgica investigación, queda confirmado:


no acertaron ni de año, ni de fecha, ni tan siquiera de película. Pero más importante es que aún nos queda tiempo para que se realice aquel mundo que nos fue prometido, de hoverboards, coches volantes y la moda de la doble corbata.

Entre ahora y entonces, puede pasar de todo. ¿Desaparecerá el euro? ¿Dará la presidencia de Estados Unidos el salto de su primer mulato a su primer mormón? ¿Conseguirá Biff secuestrar el DeLorean y cambiarlo todo? ¿O en vez de perseguirlo hasta 1955, cumplirán con el nombre de la trilogía y regresarán al futuro para cortarle el paso allí antes de que llegue a la tienda de antigüedades? Puede pasar de todo, pues como dijo el sabio Doc Brown antes de zarpar el hacia pasado en locomotora, «vuestro futuro es el que construyáis, así que construid uno tan bueno como podáis1».
1N. del E.: la citada es una traducción propia, no es la oficial.


OTRAS NOVEDADES TABLEÑAS

LA PROSTITUCIÓN EN LAS TABLAS, AÚN ESTÁ DE CAMINO – El prostíbulo LIVE que parecía que se iba a abrir en un local frente a la sede de operaciones de LTSM, todavía parece que se va a abrir. Sin embargo, no han dado señales de tener prisa alguna. El único cambio visible ha sido el de tapar con pintura negra la silueta en rojo de una mujer que se encontraría alrededor de una letra uve dentro. En la foto no se puede ver, pues el árbol en frente se ha puesto verde y frondoso para alegrarnos el barrio.

Tenemos pensado realizar una encuesta entre los vecinos que comparten la cercanía al local con nosotros. Ya se avisará cuando nos lancemos a la obra.


LA VERBENA DE LAS TABLAS – El pasado sábado 9 de junio, que ya fue hace tiempo, tuvo lugar lo que creímos era la primera verbena de Las Tablas. Resultaron ser los II Encuentros Deportivos de Las Tablas, organizados por la Asociación de Vecinos de Las Tablas, que también resultó existir previamente y sin nuestro conocimiento. Frente al futuro estadio de Sporting de Las Tablas, había dos puestos de negocios del barrio –uno de la clínica de fisioterapia Fisiolution y el otro de Caser Seguros– más dos otros que vendían bocadillos y latas de cerveza. También tenían un carrusel (que es siempre más interesante cuando se llama tiovivo), un castillo hinchable y un escenario sobre el que tocaban grupos de música. También se hicieron una rifa y una entrega de premios desde la misma, y así nos enteramos de que existe una Peña Madridista de San Isidro-Las Tablas.


Desde un primero momento estaba patente que el evento, reflejando una característica muy propia de su entorno, era dirigido a niños y por consiguiente a sus padres. También nos dio la sensación de que estos últimos nos miraban con cierto recelo al identificarnos como individuos aún sin prole que investigaban la fiesta por sencillos motivos de curiosidad.

Al lunes siguiente, todas las instalaciones se habían desaparecido, y todo el césped estaba muerto.

Safe Creative #1206291887149— Eric B. Stevenson González

jueves, 19 de abril de 2012

Simulacros literarios: El Golpe de las Flores


            Fernando subió la escalera, pivotó a la izquierda y bajó por la acera apresuradamente, apenas mirando por donde pisaba. Estaba pensando intensamente en dos cosas a la vez: la primera era que cuando saliera del curro tenía que ir corriendo a la ferretería antes de que cerrara, para comprar una raqueta para enchufar la tostadora y el microondas en el mismo sitio. La otra era que tenía que encontrar a Jesús pero ya, para revisar el prototipo que tenían que presentar a las once. Ayer Javier Montijo les había dicho que necesitaba tener dos opciones diferentes para ver los datos y que quería otro formato para los menús. Y claro, tenía que decírselo a última hora, cuando Fernando ya se había ido a casa. A Jesús le tocó comerse el marrón, pero la presentación la tenía que hacer Fernando. Odiaba hacer presentaciones en general, pero aun más cuando no controlaba la materia cien por cien, tal y como era el caso ahora y el asunto le estaba poniendo de los nervios. Encima, llegaba tarde: eran las diez y pico así que no tendría ni siquiera una hora para ponerse al día. Qué nervios, qué puñeteros nervios pensaba, mirando dentro de la sala de Administración por la luna de la calle, como de costumbre hacía mientras subía la acera, tan perdido en esos puñeteros nervios que casi no se dio cuenta de que Marta estaba persiguiendo a Mayte por la sala, al parecer intentando pegarle con un teléfono fijo desde la distancia que el cable le permitía.

            Fernando salió de piloto automático, se fijó en lo que pensaba que estaba viendo y pestañeó hasta que no le quedaba duda de que sí, lo estaba viendo. Mayte estaba corriendo alrededor de la mesa en el centro de la sala y Marta iba detrás de ella, con el auricular en la mano e intentando flagelarla con el teléfono al final del cable. Fernando empezó a reírse de lo absurda que se presentaba la escena, hasta que el teléfono demostró ser tan eficaz como torpe al darle a Mayte en la cabeza con la esquina de la caja. Todo en un instante, Mayte se desplomó al suelo, Marta se lanzó al lugar donde se había caído y Fernando vio la caja del teléfono rebotar en vertical. Marta reapareció y se fue corriendo con algo entre las manos.

Fernando ahora también estaba corriendo, hacia la puerta de entrada.

Entró en el edificio y se abrió camino por la puerta abierta de Recepción. Nada más entrar Elena saltó de detrás de su mesa, encendió una bengala de carretera y se la agitó en la cara con movimientos de esgrima, chillando cosas entre las cuales Fernando pudo entender que no se le acercara más y dio un salto hacia atrás. Al reconocerlo, Elena bajó la bengala.

            —Mierda, perdón —dijo, ahora mirando la bengala—. Pensaba que eras uno de los de Administración. Me cago en… no puedo desperdiciar estos.      
            —¿Qué haces encendiendo bengalas aquí? —preguntó Fernando, inseguro de qué debía decirle primero—. Y, ¿qué haces con una bengala en la oficina? Y claro, ¡Mayte! No te lo vas a creer, lo que acabo de ver desde la calle….
            —Ya me imagino, se han vuelto todos tarados —respondió, fijándose aún en la bengala—. Es igual, otro va a irrumpir por la puerta en cualquier momento.
           
            Sonó el teléfono de la centralita. Elena lo cogió, gritó «¡a la mierda!» con ferocidad y colgó con la misma tranquilidad con que sostenía la bengala. Volvió a sonar enseguida y Elena repitió el proceso, ahora sustituyendo la frase anterior por la de «¡que te den!».

            —¿Quién era? —preguntó Fernando, ahora inseguro de si debiera hacerle preguntas  en general.
            —Joder, es verdad. Tengo que llamar a casa para decirles que no llamen aquí.

Fernando decidió probar con su preocupación original.

            —¿Y Jesús? ¿Le has visto?

Elena ya no respondía. Tan sólo sostenía la bengala en la mano y miraba con visaje ausente por la puerta de cristal de Recepción. Fernando hizo ademán de decir algo más, pero cambió de idea, abrió la puerta y regresó a la entrada. En frente, la puerta de la sala de Administración estaba entreabierta; el auricular de un teléfono yacía en el suelo, aún conectado al cable convertido en látigo que se estiraba desde dentro de la sala. Se escuchaba algo como la trituración de hojas secas detrás de él; se dio la vuelta y se quedó paralizado al ver la figura de Marta acurrucada en un rincón, empachándose de palmeritas de chocolate.

—No compartía nada, nunca —farfulló entre el hojaldre—. La muy asquerosa.

De saber cómo debía contestar, Fernando no se hubiera atrevido. La rodeó casi de puntillas, teniendo en todo momento sumo cuidado para no darle la espalda, y caminó hacia atrás hasta llegar al ascensor. Dio al botón, pero no respondió. Probó otra vez y otra más, muy consciente de que todo el tiempo Marta lo estaba observando de reojo. Pensó que tenía aspecto de un pitón con la mandíbula desquiciada mientras se atraganta en su comida, y decidió que sería mejor irse de allí ya mismo. Se dirigió a las escaleras, aún caminando hacia atrás.

Abrió la puerta y subió por las escaleras a zancadas, plantando los pies a intervalos de dos y tres escalones, hasta chocarse con Roberto en el rellano de la segunda planta, dándose otro susto que le mandó casi volando al rellano anterior. Volvió a subir con más calma y vio que Roberto estaba fumando cigarros con una vehemencia que constituía un abierto desafío al mismísimo cáncer. A sus pies el suelo estaba cubierto de colillas, más de una cajetilla por lo menos, todas quemadas hasta el algodón y sin rastro de tabaco. Fernando, lógicamente, miró a Roberto mientras subía al rellano. Roberto le devolvía otra mirada, pero la suya era de desprecio, casi amenazante.

—Roberto, ¿qué coño está pasando aquí? —Fernando dijo mientras llegaba al rellano.
—Nada, que voy a fumar aquí si me da la gana y me importa un pito la normativa— Roberto respondió y se tragó una calada. Fernando miró el cigarro y volvió a mirarle a Roberto.
—Vale, pero me refiero a qué coño está pasando aquí, en la oficina. Abajo Elena está encendiendo bengalas y puede que Marta haya matado a Mayte.
—Ellas mismas —Roberto se encogió de hombros y chupó todo el humo posible del tabaco que quedaba en la colilla, la tiró al suelo y casi en el mismo gesto sacó otro cigarro que de inmediato encendió. El aire olía a plástico quemado y Roberto no dejaba de mirarlo con esa jeta altanera que carecía de explicación lógica. Fernando intuyó que lo único que le interesaba era que el mundo viera que estaba fumando en la escalera, con lo cual ahí no iba a conseguir ninguna explicación. Por lo menos, podía seguir subiendo sin tener miedo a darle la espalda.

Volvió a subir, sin intercambiar una palabra más con Roberto. Llegó a la tercera planta sin incidente, pero después de todo lo que había visto le parecía prudente esperar y escuchar antes de abrir la puerta. Se quedó completamente quieto, escuchando con la oreja contra la puerta, pero no se oía más que el sonido de alguien escribiendo en el ordenador. Se sintió aliviado, pensando que era la primera señal de normalidad en la oficina, hasta que de pronto se produjo un sonido como de una máquina arrancándose, seguido por una colisión violenta y un retroceso, que en su conjunto le daba muy mala espina. Pensó que a lo mejor debía volver a bajar para coger una bengala de Elena, pero al final decidió arriesgarse. Aunque no había tenido tiempo para preguntarse por qué, todavía le preocupaba encontrar a Jesús.

Abrió la puerta despacio y con cautela, hasta que estuvo totalmente abierta. Directamente en frente veía a Chema. Estaba sentado a su mesa que, al parecer, había arrastrado desde el otro lado de la sala y dejado con un extremo colocado dentro del ascensor, lo cual no permitía que la puerta se cerrara. A diferencia de todos los que había visto, estaba trabajando tranquilamente, y a diferencia de todos los días, lo hacía con cara de buen humor.

—¡Buenos días! —Chema le saludó con una sonrisa auténtica, que para Fernando le resultaba sumamente desconcertante.
—Buenos días —respondió, sin moverse de la puerta de las escaleras.

Chema volvió a sumergirse en el contenido de la pantalla del portátil, sin decir más. Fernando se inclinó hacia delante, asomándose de la puerta sin levantar un pie, y echó un vistazo a lo que se podía observar desde la puerta: en frente del pasillo dos mesas estaban tumbadas hacia delante, las superficies apuntadas una contra la otra. Por todo el suelo se encontraban bolígrafos, agendas, teclados, monitores y ratones de ordenador, teléfonos fijos y móviles, carpetas, hojas sueltas y tres animales peluches que Fernando reconocía de la mesa de Laura. La palmera falsa de la sala de reuniones estaba saliendo de la puerta del lavabo, tumbada en el suelo. Casi todo estaba salpicado de una espuma que evidenciaba que alguien había vaciado el extintor. En una pared alguien había hecho pintadas con frases que solía decir Javier Montijo, y en el centro de la sala alguien había montado una especie de espantapájaros con el perchero de abrigos y un gran cacho de moqueta. No había nadie a la vista aparte de Chema, el perpetuo gruñón y escaqueador de renombre, que en medio de ese caos y sin explicación aparente estaba currando como una máquina y saludando buenos días con una sonrisa creíble. Estaba confirmado: aquí tampoco, nada estaba normal.

Fernando aún no se apartaba de la puerta. No se atrevía a entrar para buscar su mesa, pero tampoco le parecía propicio volver abajo. Miró la hora: eran las once menos veintiuno. Incluso antes de ver la tercera planta así y sin nadie más que Chema, se le había pasado por la cabeza que tal vez hoy no tendría que hacer la presentación. Pero como seguía sin entender nada y tampoco dejaba de preocuparse por lo que hubiera pasado con Jesús, concluyó que la mejor opción que tenía era de intentar sacar información de Chema, que no había vuelto a levantar cabeza todo el breve tiempo que permanecía mirando desde la puerta.

—¿Qué tal? —fue lo única manera de empezar que se le ocurría.
—Pues ya ves, aquí currando —respondió Chema, mientras la puerta del ascensor empezó a cerrarse, chocándose con la mesa y volviéndose a abrir —. ¿Viste el partido de anoche?
—No, eh, sólo los resultados —balbuceó Fernando.
—Vaya golazo de Salvio, más los dos de Falcao. Esta temporada seguro que nos clasificamos para la Champions, y esta vez ganamos la Europa League. Por cierto, ¿qué tal con el prototipo? Jesús me dijo que te tenía de los nervios.

Fernando ahora entendía aun menos: aparte de su mala leche de siempre, Chema era el colchonero más derrotista que existía. Tampoco accedía nunca dar palique no importaba el tema que le dieras, pero hoy no había quien lo callase.

—A mí, me parece que te estás preocupando demasiado —continuó, al parecer sin esperar respuesta—. Ya sabes cómo van estas cosas, te tiras dos semanas casi sin dormir currándotelo para que se queden alucinados, y luego cuando lo presentas pasan de todo lo que has hecho, te hacen preguntas que no tienen nada que ver con nada y al final parece que estás en un acuario de besugos. Mejor lo presentas tal y como lo tenéis y ya está, habéis trabajado mucho y seguro que está bien. Además, con lo de Montijo…

Por fin, pensó Fernando, algo con semblante de ser una explicación. Javier Montijo era el director regional, un jefe temible que siempre exigía más de lo que pedía. Lucía toda la imagen clásica del ejecutivo sin alma en piel de presentador de telediario: era alto, delgado y fuerte, de pelo negro con alguna cana y entradas draculonas. Su cara parecía esculpida por un cirujano plástico del Ejército y asada como un cabrito por la cama solar.

—¿Qué ha pasado con Montijo? —exhortó Fernando, trepidante de emoción.
—¿No te has enterado? —preguntó Chema, extrañado.
—Acabo de llegar —Fernando se lanzó a explicar con precipitación catártica—. Todos están locos abajo. Puede que Marta haya matado a Mayte, Elena está encendiendo bengalas que ha sacado de vete tú a saber dónde y mandando a la mierda a todas las llamadas. Roberto está en la escalera fumando como si le estuviesen mandando al paredón, ¡y tú! Estás… estás de buen… ¿qué cojones haces con la mesa en la puerta del ascensor?

Chema lo miraba atónito. La puerta del ascensor empezó a intentar cerrarse de nuevo.

—O sea, no te has enterado.
—No, no me he enterado —Fernando confirmó con contundencia.

Chema se apartó de la mesa y se giró en la silla hacia Fernando.

—Montijo lloró.
—¿Lloró? ¿Cómo que lloró?
—Alguien le envió flores. Tulipanes. Aún no sabemos quien. Se las entregaron allí mismo —dijo Chema, señalando la puerta del despacho del director.
—Así que lloró. ¿Y todo esto?
—Es que cuando le entregaron las flores, se le escaparon unas lágrimas. Todos le estábamos mirando como recibía las flores y claro, le vimos todos. Fue entonces, que Javier López, que estaba hablando con Álvaro allí —ahora señalaba la mesa de Álvaro, junto a la pared, a la vez que se oía chocar la puerta del ascensor contra la mesa—, Javier López entró en su despacho, salió con una silla y se la lanzó a Montijo. Le da en la cara, Montijo se cae, Javier López recoge la silla y se pone a amenazarle, ¡y el menda se va corriendo! Escopeteado, por las escaleras. Ni siquiera esperó al ascensor. Y todos, claro, estábamos mirando a Javier López, y va y nos dice «siempre quise hacer eso». Entonces Esteban se levantó y dice que quiere hacer un espantapájaros, cuatro de ellos montaron una pelea como de bolitas de nieve pero con lo que encontraron aquí, y eso.
—¿Dónde están todos ahora?
—Están en El Cebadero, Javier López ha dicho que se adelanta la cena de Navidad. Jesús se fue con ellos, debe de estar allí todavía.
—¿Y tú, con la mesa aquí?
—Ah, yo paso de todo eso. Ya era hora de que hiciera un poco de trabajo, ahora tengo que ponerme al día con un montón de temas que tenía abandonados. Pero con la mesa aquí no tengo que esperar al ascensor. Es como ha dicho Javier López: siempre quise hacer esto.

Es verdad, Fernando pensó: Chema siempre refunfuñaba cuando tenía que esperar el ascensor, pero ahora ya no. Ahora, a diferencia de antes, estaba trabajando mucho, de buen humor. Incluso tenía fe en el Atleti.

Ahora todos los hechos raros y esparcidos estaban empezando a encajarse para formar una imagen clara: claro, si Montijo había llorado, eso sí que parecía cambiarlo todo. Ahora todas esas cosas eran posibles, cosas que siempre quería hacer y tal vez más, pero lo primero y más importante era que ya no tenía por qué preocuparse más por la presentación. Ya que no se le ocurría nada que quisiera hacer en la oficina, decidió que bajaría a la cena de navidad adelantada por ese Javier López.

Se despidió de Chema y volvió a bajar por la escalera, donde se encontró otra vez con Roberto, que ahora había dejado dos cajetillas de colillas en el suelo.

—Bajo a El Cebadero, ¿te quedas aquí?
—Me quedo aquí hasta que me dé la gana —dijo Roberto—. Pero iré. Javier López estaba diciendo que la empresa invitaba a las primeras tres rondas.
—Hombre, pues no tardes mucho —dijo Fernando y siguió bajando.

Al llegar a la planta baja salió de las escaleras con el mismo cuidado que cuando las había entrado. Una caja de palmeritas seguía en el suelo con todas sus migas, pero Marta ya no estaba. Se acercó a la puerta de la calle y la tenía media abierta cuando se le pasó por la cabeza algo que siempre quiso hacer.

Volvió a recepción y tocó la puerta; la cabeza de Elena se asomó por detrás de su mesa y le abrió. Fernando entró y se acercó a la mesa.

—Voy al Cebadero, ¿tú también te quedas?
—Ahora voy, quiero atender un par de llamadas más.
—Sabes, puedes grabar un mensaje en el contestador y dejarlo.
—Claro, pero quiero cogerlas yo. No sabes el tiempo que llevaba pensando en esto.
—Desde luego, y ahora con lo de Javier López.
—Hombre, sí, menos mal.
—Vale, pues ahora nos vemos allí.
—Eso es, hasta ahora.

Fernando empezó a regresar hacia la puerta, pero antes extendió la mano hacia Elena con seguridad y le apretó la teta derecha. Ella lo miró un segundo, con la cabeza ladeada, antes de apartar la mano de un tortazo. De repente a Fernando se le ocurrió una duda, que no guardaba relación con nada.

—Oye, ¿y las flores? ¿Sabemos quién se las envió?
—Me parece que no. Alguien dijo que igual era el mismo Javier López, pero yo no me lo creo.


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lunes, 9 de abril de 2012

Feliz Genarín 2012

A pesar de haberlo olvidado entre el tumulto de las celebraciones de Semana Santa en Las Tablas y toda España, quisiéramos aprovechar este lunes de Pascua para recordar una procesión muy especial celebrada el pasado Jueves Santo en la ciudad de León: el Entierro de Genarín. Seguramente, con gran éxito.

Si no conoces, puedes leer sobre Genarín Blanco y la procesión que conmemora su vida y muerte aquí: www.genarin.es, (se recomienda especialmente el escrito que explica las semejanzas entre la Celestina, el Lazarillo y Genarín como personajes característicos de la picaresca española), y por supuesto también en su página de Wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/Genarín.

Desde Las Tablas, esperando que muy pronto desarrollemos algunas costumbres propias, que sean así de singulares y pintorescas como la de Genarín. Aunque tampoco tendrían que parecerse en tanta exactitud.

Genarín, rodeado por sus secuaces que le acompañan por las calles del barrio Húmedo de León.
Detrás, se ve la huesuda cara de la Muerte al acecho.
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